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Del Escritorio de Nuestro Párroco

Querida familia:

Es bueno estar de regreso en casa después de un par de semanas de peregrinación a los Santuarios de Nuestra Señora de Fátima y Nuestra Señora de Lourdes. Cincuenta y tres de nosotros tuvimos la gracia de encontrarnos con la madre de nuestro Salvador Jesucristo y con Él mismo de tantas maneras increíbles y en los rostros de tantos peregrinos que visitaban estos Santos lugares. Sólo puedo decir que nunca me cansaré de visitar estos Santuarios y con la ayuda de Dios los visitaré nuevamente.

Entremos en las lecturas de este fin de semana. Cuando Amós es expulsado de Betel en la primera lectura de esta semana, dice: “Yo no soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo, Israel.” De manera similar, en el Evangelio, nuestro Señor dio a los apóstoles el poder de expulsar el mal y de ungir y curar a los enfermos y luego los envió de dos en dos. No debían traer nada consigo excepto el mensaje de Cristo. Me pregunto qué pensaron Amós y los apóstoles cuando fueron enviados a estas misiones, porque ninguno de estos hombres parecía tener lo que se necesitaba para ser profeta, y sospecho que ellos lo sabían. Amós era pastor y cultivador de sicomoros, y los apóstoles provenían de muchos orígenes: pescadores, recaudadores de impuestos, fanáticos religiosos, entre otros. Sin embargo, Dios les dio poder para predicar su mensaje y los envió.

Una pregunta que debemos hacernos cuando leemos las Escrituras es: “¿Qué me está diciendo Dios a través de esto?” Cuando leo las lecturas de este domingo, no puedo evitar pensar en el final del Evangelio de San Mateo. Las últimas palabras de Cristo en esta tierra antes de ascender al Cielo fueron: “Me ha sido dada toda autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia” (Mt 28:18-20). En esta Gran Comisión los discípulos de Cristo, que incluye a todo cristiano, son enviados en una misión para predicar la Buena Nueva del Evangelio y hacer discípulos de Cristo. Él nos envía. Al igual que Amós y los apóstoles, muchos de nosotros no encajamos en el molde tradicional de predicador o misionero. Esto no es tan preocupante como podríamos pensar: Nuestro Señor nunca nos enviará sin darnos todo lo que necesitamos.

Si bien necesitamos palabras para predicar el Evangelio, ese no es el primer paso para traer a Cristo al mundo. Los apóstoles fueron enviados sin casi nada, al menos en términos terrenales. Llegaron a la gente a través del testimonio de sus vidas y de sus buenas obras.

Confiaron en Dios para todo lo que necesitaban. Resistieron el mal y ayudaron a los afligidos por él. Ayudaron a los enfermos. Predicaron el arrepentimiento a quienes quisieran escuchar. Por tanto, nada nos impide hacer estas mismas cosas. Damos testimonio de Cristo cuando confiamos en Dios y vivimos una vida santa y sencilla. Damos testimonio de Cristo cuando decimos “no” a las malas tentaciones de la sociedad que nos rodea. Esta vida cristiana de testimonio no es una vida fácil, pero es una vida plena, porque está llena de la bondad de Dios. Cuando la gente ve a alguien viviendo verdaderamente la vida cristiana, lo notarán y reaccionarán al respecto. Seremos rechazados por algunas personas, o incluso por muchas, en cuyo caso sacudiremos el polvo de nuestras sandalias, como lo hicieron los apóstoles. Otros, sin embargo, se sentirán atraídos hacia nosotros porque querrán saber qué es lo que nos diferencia.

¿Qué le decimos a esta gente? Podemos comenzar con lo que escuchamos en la segunda lectura, de la Carta de San Pablo a los Efesios. Es un magnífico resumen del Evangelio. Fuimos elegidos “antes de crear el mundo” para recibir “toda clase de bienes espirituales y celestiales”. Fuimos elegidos para convertirnos en hijos e hijas adoptivos de nuestro Padre Celestial. Jesucristo es quien hizo esto posible. Jesús vino a redimirnos a través de su sangre en la Cruz, a perdonar nuestros pecados y a restaurar lo que se perdió cuando el pecado entró en el mundo. Vino a decirnos que nuestro Padre tenía un plan para salvarnos desde siempre y que envió su Espíritu Santo entre nosotros para mostrarnos el camino a la salvación.

En las lecturas de este domingo, se nos recuerda nuestra misión profética de llevar el Evangelio a todo el mundo. Todos deberían escuchar esta Buena Noticia: que Dios envió a su Hijo para salvarnos y ofrecernos vida sin fin. Si somos lo suficientemente valientes para asumir esta misión, entonces seremos ¡Un Cuerpo, Un Espíritu, Una Familia!

Santísima Virgen María, Santa Katharine Drexel, San Miguel Arcángel, Papa San Pío X y Beato Dr. José Gregorio Hernández, ¡rueguen por nosotros!

¡Suyo en Cristo Jesús!
Padre Omar

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