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Del Escritorio de Nuestro Párroco

Estimada Familia Parroquial:

Hasta ahora, la temporada de Cuaresma nos ha ofrecido algunas de las mejores selecciones de lecturas de la Biblia orientadas a nuestro crecimiento general en el Espíritu. Hoy nuestra atención se centra en el acontecimiento especial de la transfiguración de Jesús.

¿Qué es la Transfiguración? Es un cambio de figura (tamaño, forma, color, apariencia, etc.). Es un cambio en la forma en que el ojo ordinario percibe algo para revelar algo más profundo, algo más allá de la superficie; la verdadera naturaleza de algo. Cuando Jesús fue transfigurado, Pedro, Santiago y Juan tuvieron la oportunidad de contemplar a Jesucristo como Dios.

Lo que vieron fue mucho más profundo de lo que informa el Evangelio de Marcos. Sólo intentaron comparar lo que vieron con las cosas que vemos. Pero la verdad es que como decía San Pablo: “lo que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman.” (1 Corintios 2: 9).

El cielo es real. El cielo es hermoso. El cielo merece nuestros esfuerzos. Pedro sólo vio un destello del cielo y no quiso irse más. Estaba sugiriendo que se construyeran tres tiendas de campaña allí; él sólo quería quedarse. Cuando lleguemos al cielo, por muy fuertes que sean los gritos de quienes nos aman, a ninguno de nosotros le gustaría volver a este mundo.

¿Por qué la Transfiguración? Para mí, este evento tuvo lugar, en primer lugar, para fortalecer la fe de los discípulos; para darles algo a lo que recurrir cuando vieran a su maestro Jesús ser golpeado, escupido, insultado, arrastrado como un criminal común, humillado, terriblemente maltratado y eventualmente crucificado. La transfiguración fue necesaria para revelar a los discípulos y a cada uno de nosotros que siempre habrá luz al final del túnel.

Cada vez que Dios contesta nuestras oraciones, cada vez que hacemos acción de gracias, estamos experimentando nuestras propias transfiguraciones. Es bueno que nos aferremos a esos momentos porque ocurren de vez en cuando para fortalecernos y prepararnos para los días difíciles que se avecinan. La vida no siempre será un lecho de rosas. Nunca olviden los buenos momentos para que en los malos recuerden que Dios todavía les ama.

Para comprender el significado más profundo de la Transfiguración, debemos mirar la primera lectura de hoy del Libro del Génesis. Abraham esperó veinticinco largos años antes de que Dios respondiera su oración y lo bendijera con un hijo prometido, Isaac. Abraham era el hombre más feliz del planeta tierra. Amaba tanto a Isaac que Dios se puso celoso. Como Abraham, la mayoría de nosotros cometemos el error de enamorarnos de las bendiciones de Dios mucho más que de Dios mismo.

Debido a que el amor de Isaac había ocupado tanto espacio en el corazón de Abraham, Dios quería probar la verdadera lealtad de Abraham. Dios exigió el máximo sacrificio de Abraham. Piensa en algo de lo que no puedas separarte, algo tan querido y precioso para ti que, con toda sinceridad, amas más que a Dios. Imagínate a ti mismo entregando eso mismo a Dios. Es difícil, ¿no? Eso es exactamente lo que hizo Abraham y eso es lo que estamos llamados a hacer: renunciar a aquellas cosas que luchan con nuestro amor por Dios.

Al atar a Isaac en el altar para ser ofrecido como holocausto (tenga en cuenta que Isaac ayudó a preparar la leña para el sacrificio), Isaac se convirtió en una prefiguración de Jesús. La voz del padre en la transfiguración se convierte en una clara confirmación del hecho de que Jesús es el Hijo amado de Dios (es decir, lo que Dios más ama) que, como Isaac, ayudó a sacrificarse voluntariamente por la salvación del mundo.

En la transfiguración vemos cómo Dios toma el lugar de Abraham para ofrecer el amor de su vida como sacrificio por la humanidad. Si Dios estuvo dispuesto a renunciar a todo lo que tiene para que usted y yo tengamos vida, ¿qué mayor prueba necesitamos de que nos ama? San Pablo en nuestra segunda lectura de hoy dice: “¿Qué diremos después de todo esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos concederá con él toda clase de favores?” (Romanos 8:31-32).

Finalmente, si Dios pudo llegar hasta este punto por nuestra salvación, ¿qué estoy haciendo yo para corresponder ese amor? ¿Por qué todavía amo las cosas terrenales más que a Dios? La voz del Padre en la transfiguración añadió: “escúchenlo”. ¿Me tomo mi tiempo para escuchar a Jesús todos los días? ¿Simplemente vengo a calentar la banca de la Iglesia cada domingo? ¿Escucho música mundana todo el día y digo que no tengo tiempo para escuchar la voz de Dios?

Debemos orar al Señor Jesús en acción de gracias por su gran amor por nosotros; al morir por nosotros, nos hizo su mayor prioridad; Que a través de nuestra oración nos ayude a vivir para Él, haciéndolo nuestra mayor prioridad. Que nuestro amor por todo lo demás nunca se interponga entre Él y nosotros. ¡Sigamos siendo Un Cuerpo, Un Espíritu, Una Familia! Santísima Virgen María, Santa Katharine Drexel, San Miguel Arcángel, Papa San Pío X y Beato Dr. José Gregorio Hernández, ¡rueguen por nosotros!

¡Suyo en Cristo Jesús!
Padre Omar

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