Del Escritorio de Nuestro Párroco
Querida Familia:
Las lecturas de este fin de semana nos recuerdan que todo lo que tenemos es un don que Dios nos ha confiado. La cuestión no es solo qué hemos recibido, sino qué fruto estamos dando con aquello que Dios ha puesto en nuestras manos.
En la primera lectura, el profeta Isaías se dirige al pueblo de Judá en el siglo VIII AC, en una época en la que el pueblo de Dios había recibido mucho, pero no vivía con fidelidad. Mediante la hermosa imagen de una viña, Isaías describe la relación de Dios con Israel. El dueño prepara cuidadosamente la viña, planta las mejores cepas, las protege y les proporciona todo lo que necesitan. Sin embargo, al llegar la cosecha, solo produce uvas silvestres. La viña representa a Israel, y Dios es el dueño. Dios había dado a su pueblo todo lo necesario para prosperar, pero ellos no dieron el fruto que Él esperaba. ¿Y qué fruto buscaba Dios? Isaías da la respuesta: justicia y rectitud. En cambio, Dios encontró derramamiento de sangre y escuchó los clamores de quienes sufrían. Su relación con Dios se había desconectado de la manera en que trataban a los demás. Este pasaje nos lleva a plantearnos una pregunta incómoda: ¿Qué clase de fruto está dando mi vida? Dios nos ha dado a cada uno dones, oportunidades, relaciones e innumerables bendiciones. Pero, ¿qué encuentra cuando contempla nuestras vidas? ¿Encuentra bondad, perdón, generosidad y preocupación por quienes pasan dificultades? ¿O encuentra egoísmo, indiferencia y resentimiento? Dios no nos bendice simplemente para que disfrutemos de sus bendiciones; nos bendice para que nuestras vidas se conviertan en una bendición para los demás. Dios no solo se fija en lo que creemos, sino también en lo que nuestras vidas producen.
En la segunda lectura, San Pablo escribe a los cristianos de Filipo mientras él mismo atraviesa dificultades e incertidumbre. Sin embargo, en lugar de dejar que el miedo lo domine, Pablo anima a la comunidad a confiar en Dios, a orar y a vivir en paz. Pablo comienza con una instrucción sencilla: “No se inquieten por nada”. No quiere decir que los cristianos nunca tendrán problemas o preocupaciones. Más bien, nos indica qué hacer cuando surge la ansiedad: “más bien presenten en toda ocasión sus peticiones a Dios en la oración y la súplica, llenos de gratitud”. Podemos hablar con Dios honestamente sobre nuestros temores, necesidades, relaciones y luchas. La oración no siempre cambia la situación de inmediato, pero transforma la manera en que la afrontamos. Pablo promete entonces que “la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia”, guardará nuestros corazones y nuestras mentes en Cristo Jesús. Esta paz no consiste en la ausencia de problemas; es la certeza de que, aun en los momentos difíciles, no estamos solos. Pablo también nos recuerda que debemos prestar atención a lo que permitimos entrar en nuestra mente: todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable y honroso. Aquello en lo que pensamos repetidamente moldea nuestra forma de vivir. Por tanto, el pasaje nos ofrece una pauta sencilla: orar en lugar de preocuparnos, confiar en lugar de temer y centrarnos en lo bueno en vez de en lo negativo. Quizás hoy podamos preguntarnos: ¿qué preocupación llevo conmigo que necesito poner en manos de Dios?
En el Evangelio de hoy, Jesús narra la parábola de la viña y sus labradores. Se dirige directamente a los sumos sacerdotes y a los ancianos, los líderes religiosos que habían cuestionado su autoridad. La viña evoca al pueblo de Dios, y los labradores representan a quienes recibieron el encargo de cuidarlo. El dueño envía siervos para recoger los frutos, pero los labradores los golpean, los apedrean y los matan. A la luz de la historia de Israel, estos siervos pueden entenderse como los profetas que Dios envió repetidamente para llamar a su pueblo a la fidelidad. Finalmente, el dueño envía a su hijo, pero los labradores lo rechazan y lo matan. Jesús está señalando su propio rechazo y su muerte. La pregunta importante es: ¿qué pasó con el fruto? El problema no fue que Dios hubiera descuidado su viña. El problema fue que aquellos a quienes se les había confiado olvidaron que no les pertenecía. A veces cometemos el mismo error con aquello que Dios nos ha confiado. Empezamos a pensar que nuestra posición, nuestra familia, nuestros talentos, nuestro ministerio o incluso las personas a las que servimos nos pertenecen. El Evangelio nos recuerda: somos administradores, no dueños. No podemos tratar la administración como si fuera propiedad nuestra. El Evangelio nos recuerda que cualquier responsabilidad que Dios nos confía es, en última instancia, para sus propósitos, y no para nuestro poder o prestigio personal.
Por tanto, este Evangelio no se dirige solo a sacerdotes y líderes religiosos, sino a cualquiera a quien se le haya confiado el cuidado de otras personas: padres, maestros, catequistas, líderes y todos aquellos que tienen responsabilidad sobre los demás. Podemos preguntarnos: ¿Estoy sirviendo verdaderamente a las personas que se me han confiado? ¿Escucho cuando Dios me corrige? ¿O me he vuelto como los viñadores, negándome a escuchar porque quiero mantener el control? Si Dios viniera a inspeccionar mi viña para... ...día, ¿qué fruto encontraría?”. ¿Existe la justicia? ¿Existe la compasión? ¿Existe el perdón? ¿Existe la generosidad? ¿Existe la humildad? ¿Existe el amor? Dios ha confiado a cada uno de nosotros una pequeña parte de su viña. Que nunca olvidemos que somos administradores, no dueños. Y cuando Dios envíe a alguien para desafiarnos, corregirnos o llamarnos de vuelta a Él, que tengamos la humildad de escuchar. La viña pertenece a Dios. Los dones provienen de Dios. La responsabilidad nos ha sido confiada. Y un día, Dios nos preguntará: “¿Qué fruto produjeron?”.
Una forma de producir fruto es formar parte de un ministerio en nuestra parroquia. Los ministerios en la Iglesia Católica son realidades transformadoras. No son meros cargos o funciones, sino dones del Espíritu Santo para edificar la comunidad cristiana y llevar el mensaje de Cristo al mundo. En una época en la que la fe parece diluirse por las tendencias modernas, comprender qué son los ministerios —su origen, su historia y su significado actual— es esencial para revitalizar nuestra vida espiritual y nuestra misión como creyentes bautizados.
Hoy, los invito a todos a formar parte de un ministerio en nuestra parroquia. Que esta comprensión nos inspire a vivir nuestro ministerio con humildad, generosidad y amor, sabiendo que al servir a los demás, servimos a Cristo mismo. Que María, la esclava del Señor, nos guíe en este camino de entrega y fidelidad. Al trabajar en la viña de Dios, nos convertimos en ¡Un Cuerpo, Un Espíritu, Una Familia!
Bienaventurada Virgen María, Santa Katharine Drexel, San Miguel Arcángel, San José Gregorio Hernández, San Pío X, Santa Teresa de Ávila y San Chárbel: rueguen por nosotros.
¡Suyo en Cristo!
P. Omar
