Del Escritorio de Nuestro Párroco
Querida familia:
La Fiesta del Bautismo del Señor, el domingo pasado, nos recordó nuestro propio bautismo. A través de este sacramento nos hemos convertido en hijos de Dios. Por lo tanto, estamos llamados a la santidad. La santidad es posible para todos nosotros gracias a Jesucristo. El Papa San Juan Pablo II dijo: “Jesucristo viene a llamarnos a la santidad y nos concede constantemente las gracias que necesitamos para nuestra santificación. Nos da continuamente ‘el poder de llegar a ser hijos de Dios’. Esta, la santificación de los hombres, es el don del Cordero de Dios” (Homilía, 18 de enero de 1981).
En el Evangelio de este domingo, San Juan Bautista señala a Jesús: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”. El cordero ha sido siempre el animal de sacrificio desde tiempos inmemoriales, especialmente entre el Pueblo Elegido de Dios. El cordero más hermoso e inmaculado es elegido y sacrificado en el altar como ofrenda a Dios. Al comienzo mismo de su ministerio público, Jesús ya asumió este papel, y Juan el Bautista lo señaló: “Éste es el Cordero de Dios!”. Jesús es la ofrenda sacrificial para redimir a la humanidad del pecado. Será sacrificado en el altar de la cruz, y su sangre lavará nuestros pecados. La imagen del Cordero de Dios es, pues, la clara imagen del amor abnegado de Dios por nosotros, pecadores. Es la prueba innegable del amor de Dios por nosotros.
Sin duda, ¡debemos alegrarnos con esta Buena Nueva! Pero la realidad nos presenta un panorama triste. El mundo sigue en las garras del pecado y del mal, y cada vez más personas se alejan del camino que nos mostró Cristo. Nosotros mismos experimentamos la aparente inutilidad de luchar contra el pecado y el mal. En mi ministerio sacerdotal, con demasiada frecuencia escucho a personas expresar una total impotencia: “Padre, simplemente no puedo librarme de este pecado. Quiero ser bueno, pero sigo pecando”. Y a veces, escucho los razonamientos más absurdos para no confesarse: “¿De qué sirve confesarse si sé que dentro de poco volveré a caer en el mismo pecado?”. Pasan los años, envejecemos, pero seguimos cayendo en el pecado.
Todos libramos la misma lucha contra el pecado y las tentaciones. La edad apenas importa. Somos tan débiles y vulnerables. El propio San Pablo tuvo una lucha similar y lo confió en su Carta a los Romanos: “Y ni siquiera entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco. … Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero.” (Romanos 7:15, 19). La vida en este mundo nunca es fácil. Mucho menos la vida cristiana. Es una difícil escalada hacia la cima de la santidad, y no podemos detenernos. De lo contrario, nos deslizamos hacia abajo.
Pero nunca estamos solos. El Señor Jesús, el Cordero de Dios, está con nosotros en este camino, dándonos la fuerza y todas las gracias que necesitamos. Y si alguna vez caemos, Él es el “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Está dispuesto a perdonarnos y levantarnos de nuevo. Esto nos lleva a considerar una resolución concreta y efectiva: la confesión sacramental regular y frecuente. Si realmente queremos crecer en santidad y descubrir la verdadera paz y alegría en la vida, la confesión regular y frecuente es necesaria.
Permítanme ilustrar esto con un ejemplo sencillo. Cuando comemos, usamos platos y cubiertos. El mejor momento para lavarlos es inmediatamente después de comer. Los restos de comida y residuos se lavarán fácilmente. Pero si decidimos lavar los platos después de dos o tres días, los residuos se adhieren y se endurecen, y será más difícil quitarlos. Peor aún, el no lavarlos, atrae cucarachas, hormigas y otros insectos. ¡Imaginen esos insectos arrastrándose sobre sus platos!
Algo similar sucede con nuestra alma. Cuando cometemos pecados, el mejor momento para confesarnos es lo antes posible. ¿Con qué frecuencia necesitamos confesarnos? Cada vez que caemos en pecado, y eso puede suceder todos los días, pecados grandes o pequeños, todos son pecados. Todos ensucian nuestra alma y esta necesita ser lavada de inmediato. De lo contrario, la suciedad del pecado se adhiere a nuestra alma. Entonces las tentaciones, los vicios y otros pecados comienzan a invadirla, tomando el control de ella, destruyendo la belleza y la santidad del templo del Espíritu Santo. En poco tiempo, nos acostumbramos a la suciedad y al mal olor del pecado, nuestra conciencia se adormece y se insensibiliza, y muy pronto nos olvidamos de ellos. Tener una "conciencia tranquila" no significa necesariamente tener una "conciencia limpia"; bien podría significar tener "mala memoria". Con frecuencia, quienes no se han confesado durante muchos años solo recuerdan un par de pecados durante la confesión.
La confesión frecuente es una ayuda indispensable en nuestro crecimiento en santidad. Nos ayuda a permanecer humildes y honestos con nosotros mismos. Nos da la gracia y la fuerza para no volver a caer en los mismos pecados y para resistir las tentaciones y las ocasiones de pecado. Es el mejor remedio contra la laxitud, la complacencia, la tibieza y la falta de amor. Lo más importante es que nos permite permanecer constantemente en la gracia de Dios, es decir, que Dios habite en nosotros.
Dios nos ama. Por eso envió a su único Hijo, el Hijo unigénito, Jesús, el Cordero de Dios, y vino para quitar nuestros pecados. Al regocijarnos en esta verdad, tengamos la firme resolución de apartarnos del pecado para que Dios habite finalmente en nosotros, permitiéndonos dar abundantes frutos de santidad y bondad.
El Salmo de hoy nos invita a estar presentes para que el Señor venga y haga su voluntad, que no es otra más que santificarnos, hacernos ¡Un Cuerpo, Un Espíritu, Una Familia!
Santísima Virgen María, Santa Catalina Drexel, San Miguel Arcángel, San José Gregorio Hernández, Papa San Pío X, Santa Teresa de Ávila y San Chárbel, rueguen por nosotros.
¡Suyo en Cristo!
P. Omar





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