Del Escritorio de Nuestro Párroco
Querida familia:
El Evangelio de hoy marca el inicio del tercer gran discurso pronunciado por Jesús en el Evangelio de Mateo. Durante las próximas semanas, las lecturas evangélicas abarcarán la totalidad del capítulo 13 del Evangelio de Mateo, un extenso discurso de enseñanza.
A lo largo de este discurso, Jesús presentará varias parábolas para ilustrar a sus oyentes qué quiere decir con el Reino de los Cielos. Comienza con la parábola del sembrador; parece algo sencillo: naturalmente, las semillas crecen mejor en buena tierra. Las semillas que no caen en la tierra, o que se siembran en terreno pedregoso o entre otras plantas, no prosperan. Lo sorprendente de la parábola es la enorme cosecha que produce la semilla sembrada en buena tierra.
Nuestra relación con Dios depende de la eficacia de la Palabra de Dios en nuestras vidas. No hemos visto a Jesucristo físicamente, pero nos relacionamos con Él cada día a través de sus palabras y de la fracción del pan en la Santa Misa. La Palabra de Dios es como una flor: su belleza depende en gran medida de la fertilidad de la tierra donde fue plantada, de la frecuencia con que regamos el suelo y de nuestra capacidad para podar la planta en el momento oportuno.
Jesús comparó la Palabra de Dios con la acción de un sembrador que esparce la semilla en el campo. Parte de ella cayó a lo largo del camino, y vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde había poca tierra; brotó rápidamente porque la capa de tierra era fina, pero al salir el sol, las plantas se quemaron y se marchitaron por falta de raíz. Otra semilla cayó entre espinos, que crecieron y ahogaron las plantas. Finalmente, hubo semilla que cayó en buena tierra y produjo cosecha: el ciento, el sesenta o el treinta por uno de lo sembrado.
Muchos de nosotros fuimos cristianos activos durante nuestra infancia y adolescencia, pero ahora nuestra fe ya no es fuerte; la mayoría permitió que las tentaciones y el sufrimiento debilitaran su fe, hasta el punto de llegar a dudar de la misericordia y de la existencia de Dios. La mayoría ama tanto su comodidad y su trabajo que ya no tiene tiempo para Dios. La mayoría ya no vive una vida digna de nuestra vocación cristiana ni tiene la humildad de pedir perdón a Dios en el confesionario. La mayoría cree ser perfecta y mira a los demás por encima del hombro, considerándolos pecadores. Todas estas son las espinas que impiden que la semilla de la palabra de Dios crezca y dé frutos abundantes en nuestras vidas. Por tanto, debemos examinar nuestros corazones para saber si la palabra de Dios que hemos recibido a través de la Iglesia y la Biblia está dando frutos en nuestras vidas, y en qué cantidad.
Jesús fue verdaderamente un gran predicador y maestro porque hablaba en el lenguaje de la gente para que esta pudiera entenderle. Utilizaba historias, comparaciones y ejemplos, todos ellos tomados de la vida cotidiana de las personas a las que se dirigía. La semilla es la palabra de Dios y cae en diferentes tipos de terreno. El sembrador es Dios mismo. Algunos terrenos son buenos; otros están demasiado llenos de espinas o son muy pedregosos, y algunos no son buenos en absoluto. Estos terrenos, como dijo un sacerdote en su homilía sobre este Evangelio, representan cuatro tipos de miembros de la Iglesia o cuatro clases de corazones.
Las semillas que caen en el camino representan los corazones de aquellos que ven la palabra de Dios, la Iglesia y los sacramentos como algo anticuado, pasado de moda, irrelevante, innecesario o sin importancia, y que consideran que no tienen nada que ver con sus vidas. Por eso, algunos prefieren quedarse en casa, ver la televisión o salir en busca de aventuras. Quieren adorar al mundo en lugar de Cristo Rey. Esto también puede referirse a personas atrapadas en el engaño, que no aceptan pensamientos ni ideas contrarios a los suyos; son lo que llamamos católicos de mente cerrada.
Las semillas que caen en terreno pedregoso representan los corazones de quienes comienzan con entusiasmo a asistir a seminarios carismáticos, retiros de Emaús y otras actividades, pero que, cuando llegan el sufrimiento y las dificultades a sus vidas, a menudo se alejan y se rinden. Abandonan lo que tienen, incluso su propia fe en Dios. No existe un compromiso real.
La semilla que cae entre espinas representa los corazones de aquellos que están tan ocupados y preocupados por acumular bienes materiales que olvidan la oración, el amor y el servicio a los demás. Para ellos, ir a Misa los domingos es una rutina y una simple obligación, no un acto motivado por el deseo de dar gracias a Dios. Esto no significa que estemos en contra de las posesiones materiales, sino que advertimos que el desarrollo y el progreso humano integral incluyen también la dimensión espiritual. Siempre se afanan por buscar el bienestar material y rara vez miran al cielo para dar gracias a Dios, quien es el verdadero dueño de lo que poseen.
Finalmente, la semilla que cae en buena tierra se asemeja a los corazones de aquellos que escuchan la Palabra de Dios, responden poniéndola en práctica y dan frutos de buenas obras. Esto sucede porque echan raíces. Las raíces son invisibles, pasan inadvertidas y quedan en el olvido. ¡Con qué frecuencia decimos: “Qué deliciosos son los mangos de este árbol”! Pero ¿cuántos de nosotros decimos: “¿Este árbol de mango, esta planta o esta flor debe tener una buena raíz?” Las raíces en sí mismas son bastante feas. Son sucias, largas, delgadas y retorcidas. Pero, paradójicamente, generan belleza sobre la tierra. Las raíces son la fuerza y la vida de los árboles, las plantas y las flores, pero también son el medio necesario para que nosotros crezcamos en la fe.
Quisiera pedir disculpas por no haber estado con ustedes el fin de semana pasado; lamentablemente contraje COVID y, por ello, tuve que dejar al Padre Michele solo con la responsabilidad de las Misas. Gracias a todos los que oraron por mi salud y a quienes me enviaron sus buenos deseos. Pero, sobre todo, quiero agradecer al Padre Michele.
Los animo a todos a permitir que la Palabra de Dios eche raíces en ustedes. Eso nos hará Un Cuerpo, Un Espíritu, Una Familia.
Santísima Virgen María, Santa Katharine Drexel, San Miguel Arcángel, San José Gregorio Hernández, Papa San Pío X, Santa Teresa de Ávila y San Charbel, rueguen por nosotros.
¡Suyo en Cristo!
P. Omar