Del Escritorio de Nuestro Párroco
Basándose en el Concilio Vaticano II, el Catecismo presenta diversos símbolos de la Iglesia: redil, campo cultivado, edificio de Dios, templo, familia, Cuerpo Místico de Cristo, Pueblo de Dios (cf. 753-757). La celebración litúrgica de hoy introduce un símbolo más: la Iglesia como comunión. El texto evangélico elegido para este domingo procede del llamado discurso eclesial, cuyo núcleo es el amor fraterno. En la primera lectura, Ezequiel, tras haber sido constituido centinela del Pueblo de Israel, siente la responsabilidad de corregir al malvado para ser fiel a su vocación. Al dirigirse a los cristianos de Roma, san Pablo no duda en afirmar categóricamente: “cumplir perfectamente la ley consiste en amar.”
La Iglesia como comunión es, ante todo, sacramento de la unión íntima de los seres humanos con Dios. Esta comunión con Dios es el fin de la Iglesia. En el Evangelio, Jesús dice: “donde dos o tres se reúnen en mi nombre (para orar al Padre), ahí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). La voz de Ezequiel debe resonar entre el pueblo para que el malvado corrija su conducta y se convierta a Dios (primera lectura). Por tanto, la Iglesia tiene la responsabilidad de invitar a las personas a la unión con Dios, y para ello debe emplear todos los medios legítimos y eficaces. Sin esta dimensión vertical no existiría la comunión; dicha dimensión subraya tanto la naturaleza instrumental de la Iglesia como su vocación universal (ningún hombre ni mujer queda excluido de la llamada de la Iglesia a la comunión con Dios). La Iglesia debe tomar mayor conciencia de su vocación como instrumento de comunión. Lo hace, en primer lugar, en relación con sus hijos, a quienes ofrece la Revelación de Dios en Jesucristo y los medios para dar una respuesta adecuada y generosa. En segundo lugar, lo hace mediante el diálogo ecuménico e interreligioso con quienes no son miembros visibles; ambas son formas contemporáneas de esta conciencia eclesial.
La Iglesia es también signo e instrumento de unión entre las personas. La comunión con Dios conduce casi espontáneamente a la unión fraterna. Se trata de una unión de amor, pues todos somos hermanos y hermanas en la fe, aunque cada uno cumple su propia tarea. Quienes actúan como guardianes y guías expresan su amor guiando y, si es necesario, corrigiendo a aquellos que se han extraviado. La Iglesia, entendida como comunión, nos impulsa a fomentar la unión y el amor, a buscar el bien de los demás, a amarlos y a desearles lo mejor. En ciertas circunstancias, la excomunión puede llegar a ser una exigencia de la comunión misma, a fin de preservar la unidad y la paz entre los fieles. “Y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano”, nos enseña Jesús en el Evangelio. De hecho, no es la Iglesia quien excomulga a uno de sus miembros; más bien, es el propio individuo quien libremente se excluye de la comunión. Es bien sabido que la Iglesia ha realizado grandes esfuerzos por mantener la comunión siempre que surgen posturas discrepantes en torno a puntos esenciales del dogma o de la moral. Como comunión, la Iglesia siempre abre sus brazos para acoger al hermano o a la hermana y reintegrarlos a la familia eclesial. Las historias que aparecen en la prensa y que presentan a una Iglesia aferrada al poder, cerrada, retrógrada, autoritaria y enemiga del progreso, no son más que clichés anacrónicos y estereotipados que, como tales, no merecen nuestra atención.
El amor es el cumplimiento de la ley. Una parroquia es auténtica si existe en ella un amor verdadero a Dios y un amor mutuo y sincero entre sus miembros. Ante todo, cada parroquia debe ser un signo visible de nuestro amor a Dios y del amor de Dios hacia nosotros. La principal preocupación del párroco y de los feligreses no debería ser si la Misa dominical se desarrolla bien o si la ceremonia de la Primera Comunión resulta perfecta. Más bien, cada feligrés debe abrir su mente y su corazón a Dios, escuchándolo en lo profundo de su conciencia. Todo lo demás vendrá por añadidura: la asistencia a la Misa dominical, la recepción de los sacramentos, el amor sincero al prójimo, las obras de caridad y la solidaridad con los necesitados, el espíritu de colaboración, etc.
En las enseñanzas de Cristo, la corrección fraterna da forma concreta al amor hacia los hermanos. En una diócesis, parroquia o comunidad religiosa, ni todo ni todos serán perfectos; siempre habrá aspectos y actitudes susceptibles de mejora. Aquí es donde la corrección fraterna encuentra su sentido: en responder de la mejor manera posible, como individuos y como comunidad, a la vocación cristiana que hemos recibido. ¿Cómo? No es el camino de la maledicencia, la calumnia o la rebeldía, actitudes ciertamente ajenas al espíritu cristiano. La respuesta a esta pregunta admite muchas variantes, todas ellas buenas siempre que se lleven a cabo con respeto, prudencia y caridad sincera. “El amor no hace mal al prójimo; así pues, el amor es el cumplimiento de la ley” (Rm 13, 10).
Cuando no corregimos con amor, Dios nos dice lo mismo que al profeta Ezequiel: “Cuando yo diga al malvado, ‘malvado, vas a morir’, y tú no hablas para advertir al malvado sobre su conducta, él morirá en sus pecados, pero yo te pediré cuentas de su sangre” (Ez 33, 8). Invariablemente, tenemos una responsabilidad hacia los demás y el deber de corregir con amor cualquier mala acción o maldad. No debemos permanecer indiferentes ante la decadencia de la sociedad o de la familia, ni ante aquellos momentos en que nuestra voz debe alzarse; guardar silencio frente al mal irá en detrimento de nuestro futuro. Sin embargo, el objetivo al corregir errores o maldades no debe ser destruir, sino ganar al pecador para Dios. Esto es precisamente lo que Cristo señala en el Evangelio. Cristo nos presenta principios sobre cómo podemos recuperar a los pecadores para nosotros mismos y para Dios.
El diálogo fomenta la unidad, el respeto, la sanación de las relaciones y el crecimiento dentro de la comunidad. Sobre todo, fomenta el amor, algo que queda patente en la segunda lectura. El amor debe guiar todas nuestras acciones, de modo que, incluso al corregir el mal o las faltas de los demás, no causemos ofensa alguna. No debemos actuar con arrogancia al corregir los errores ajenos; nuestra corrección ha de hacerse con amor y humildad. Condenemos la falta, no a quien la comete; y cuando seamos nosotros quienes recibamos la corrección, aceptémosla con humildad. Al hacerlo, nuestro amor se vuelve mutual mientras compartimos responsabilidades. El amor siempre nos hace “¡Un Cuerpo, Un Espíritu, Una Familia!”
Bienaventurada Virgen María, Santa Katharine Drexel, San Miguel Arcángel, San José Gregorio Hernández, San Pío X, Santa Teresa de Ávila y San Chárbel: rueguen por nosotros.
¡Suyo en Cristo!
P. Omar