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Del Escritorio de Nuestro Párroco

Querida Familia:

El Evangelio de este domingo se conoce como la Parábola de los trabajadores de la viña. Pero, más exactamente, también podría llamarse la Parábola del propietario generoso. Su actuación sorprendió enormemente a todos. ¿Cómo es posible que pague a quienes fueron contratados más tarde el mismo salario que a quienes trabajaron todo el día? Parece no haber equidad en esto. Sin embargo, la equidad no es la cuestión aquí. A los contratados temprano se les pagó el salario justo, tal como se había acordado con el propietario. Se hizo justicia. En cambio, el tema aquí es la generosidad.

Siempre que surge el tema de la generosidad, este provoca tanto una respuesta positiva como una negativa. La respuesta positiva es la confianza. En la parábola, los contratados temprano confiaban en la seguridad que les brindaba el contrato formal con el propietario. Era un acuerdo comercial. Pero para aquellos contratados mucho más tarde, no se mencionó ningún contrato: “Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza y les dijo: ‘¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?’ Ellos le respondieron: ‘Porque nadie nos ha contratado’. Él les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’.” (Mt 20, 6-7). Los trabajadores confiaron en la palabra del propietario y creyeron que él les daría lo justo. Y no se equivocaron.

La generosidad de Dios supera toda comprensión humana: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3, 16). Saber esto debería ser razón y garantía suficientes para confiar incondicionalmente en Dios. Esto es lo que san Pablo dijo a los romanos: “El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo, junto con su Hijo, no va a concedernos todo con generosidad? “ (Rom 8, 32). Con razón, Isabel, llena del Espíritu Santo, alabó a la Santísima Virgen María durante la Visitación: “¡Bienaventurada tú que has creído, porque ahora se cumplirá todo lo que te fue anunciado de parte del Señor!” (Lc 1, 45).

Por otro lado, la respuesta negativa ante la generosidad es la envidia: “¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?” (Mt 20, 15). La generosidad de Dios nos parece muy aceptable, e incluso deseable, cuando somos nosotros quienes la recibimos. El problema surge cuando los destinatarios son otras personas, especialmente aquellas que consideramos menos merecedoras que nosotros. Esto es precisamente lo que les sucedió a los judíos en tiempos de Jesús. Estaban convencidos de ser superiores a los demás por pertenecer al Pueblo Elegido de Dios y esperaban recibir un trato preferencial. Ellos son a quienes Jesús se refiere en la parábola como los trabajadores contratados en primer lugar. Les molestaba ver cómo personas a las que consideraban menos dignas recibían favores de Dios. Les indignaba ver a Jesús comiendo con recaudadores de impuestos y prostitutas, curando a leprosos y conversando con paganos. Jesús los reprendió por esta actitud: “De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos.“

Nosotros pertenecemos a la Iglesia fundada por Cristo mismo. Ahora somos el Nuevo Pueblo de Dios. Somos verdaderamente bendecidos y afortunados. Sin embargo, el Evangelio de hoy nos exhorta a evitar el error de los judíos. Debemos, a toda costa, resistir y superar la envidia. Ser el Nuevo Pueblo de Dios no significa que seamos mejores que los demás, ni que podamos esperar o exigir favores divinos por encima de ellos. Recordemos siempre que, si Dios es generoso con nosotros, también lo es con los demás. El buen ladrón crucificado junto a Jesús es el ejemplo clásico de esto. Jesús le dijo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Ciertamente, como nos dice Dios en la primera lectura: “Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos” (Is 55, 8).

Sin duda, la envidia tiene su raíz en el orgullo. Surge cuando nos comparamos con los demás. Al hacerlo, pueden ocurrir dos cosas: o vemos a personas con menos talento o bendiciones que nosotros —lo que nos vuelve orgullosos y arrogantes—, o vemos a personas mejores que nosotros y sentimos envidia y amargura.

El único antídoto contra la envidia es la humildad. Es la virtud que nos ayuda a reconocer quiénes somos realmente ante Dios: pecadores. Y, a pesar de ello, Dios sigue amándonos y bendiciéndonos. Esa es la fórmula de santidad de los santos. En lugar de compararse con otras personas, los santos siempre se comparan con Dios. Y cuando lo hacen, solo tienen dos cosas que decirle a Dios: “¡Perdón, Señor!” y “¡Gracias, Señor!”.

Al asistir a Misa, siempre nos presentamos ante la presencia de Dios. Por ello, es muy apropiado comenzar la Misa com el acto penitencial, un gesto de humildad: “Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado... ¡Señor, ten piedad!”. A continuación, proseguimos con la Liturgia Eucarística. El término “Eucaristía” significa “dar gracias”. La Misa es, pues, una invitación a una humilde gratitud y a una confianza inquebrantable en la providencia generosa y el amor misericordioso de Dios hacia nosotros, los pecadores. Permítanme concluir con estas palabras del obispo Fulton Sheen: “No sé cómo juzgará Dios mi vida, pero confío en que me mirará con misericordia y compasión. De lo único que estoy seguro es de que habrá tres sorpresas en el Cielo. En primer lugar, veré a personas que nunca esperé ver. En segundo lugar, habrá algunas que sí esperaba ver, pero que no estarán allí. Y —aun confiando en la misericordia de Dios— la mayor sorpresa de todas podría ser que yo esté allí.”

Todo criterio y lógica humana debe someterse al Poder Divino y dejar amplio espacio para que Dios ejerza su omnipotencia; de lo contrario, nos sentiremos frustrados y decepcionados por los mismos criterios que hemos creado, tal como les sucedió a los trabajadores. Jesús nos enseña en esta parábola que, al final de los tiempos, cada uno de nosotros se sorprenderá, pues todo será distinto a lo que imaginábamos. Todo —tanto nuestros criterios como nuestras lógicas— quedará sujeto a lo que es Superior. Ciertamente, “los últimos serán los primeros y los primeros, los últimos”.

La generosidad de Dios siempre nos hace ¡Un Cuerpo, Un Espíritu, Una Familia!

Bienaventurada Virgen María, Santa Katharine Drexel, San Miguel Arcángel, San José Gregorio Hernández, San Pío X, Santa Teresa de Ávila y San Chárbel: rueguen por nosotros.

¡Suyo en Cristo!
P. Omar