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Del Escritorio de Nuestro Párroco

Querida familia:

Como mencioné en el boletín parroquial del fin de semana pasado, el Sermón de la Montaña es la lección ética y espiritual fundamental de Jesús. Es su primer discurso importante después de su bautismo y las tentaciones en el desierto, e incluye algunos de los pasajes más citados de los evangelios, sino de toda la Biblia. También es uno de los discursos más largos que pronuncia en cualquier evangelio y abarca los capítulos cinco al siete del Evangelio de Mateo.

En el Sermón de la Montaña, Jesús presenta una visión general completa de su mensaje a todos nosotros: quiénes son bendecidos por Dios, cómo aplicar la Ley y la relación de Jesús con ella, y cómo entrar en el Reino de los Cielos. También incluye el Padre Nuestro, recitado diariamente por los cristianos de todo el mundo, y la Regla de Oro. La semana pasada, Jesús nos presentó las Bienaventuranzas, la primera parte del Sermón de la Montaña. Es donde Jesús comienza a exponer su visión de lo que a veces se llama su “reino al revés”, una visión contracultural donde la sabiduría del mundo se invierte.

Hoy, Jesús usa dos metáforas para describir a sus seguidores: “ustedes son la sal de la tierra” y “la luz del mundo”. En este mundo es posible ser muy religioso y, sin embargo, perder la esencia de la fe. En este Quinto Domingo del Tiempo Ordinario, las lecturas nos desafían a pasar de una religión externa a una fe vivida a través de la misericordia, la humildad y la luz.

Isaías habló al pueblo de Israel durante una época en que se tomaban muy en serio las prácticas religiosas como el ayuno y la oración, especialmente después de regresar del exilio. Sin embargo, la fe del pueblo se había vuelto externa. Observaban los rituales, pero ignoraban a los pobres, los hambrientos y los que sufrían a su alrededor. A través de Isaías, Dios desafía esta falsa espiritualidad y llama al pueblo a una fe vivida a través de la compasión y la justicia.

En la primera lectura de hoy, Dios explica claramente cómo es la verdadera relación con Dios. No se trata solo de ayuno, oraciones o deberes religiosos. Dios pide a su pueblo que comparta su pan con los hambrientos, acoja a los que no tienen techo, ropa a los desnudos y cuide a los necesitados. Estos sencillos actos de bondad revelan un corazón que verdaderamente pertenece a Dios. Cuando ignoramos a quienes sufren, especialmente a quienes están cerca de nosotros, nuestra adoración se vuelve vacía.

El pasaje también contiene una hermosa promesa. Cuando vivimos con compasión, nuestra “luz brillará como el amanecer”. Esto significa que la presencia de Dios se hará visible en nuestras vidas. La oscuridad —el miedo, la confusión y el egoísmo— desaparecerá poco a poco. Dios asegura a su pueblo que escuchará sus oraciones, los guiará y los fortalecerá cuando elijan servir a los demás. Este pasaje nos invita a examinar nuestra propia fe. ¿Practicamos nuestra religión solo en ocasiones especiales, o influye en la forma en que tratamos a las personas todos los días?

Isaías nos recuerda que amar a Dios y amar al prójimo son inseparables. Cuando alimentamos a los hambrientos, cuidamos a los pobres y acompañamos a los que sufren, nos convertimos en signos vivos de la luz de Dios en el mundo. De esta manera, Isaías prepara el camino para las Bienaventuranzas, donde Jesús bendice a los pobres, a los misericordiosos y a los que tienen hambre de justicia. ¿A qué acto de misericordia te invita Dios hoy?

En la segunda lectura, tomada de la primera carta de San Pablo a los Corintios, San Pablo recuerda a la comunidad cristiana de Corinto cómo les predicó el Evangelio por primera vez. Corinto era una ciudad que admiraba la sabiduría, la elocuencia y el debate público. Pablo eligió deliberadamente un enfoque muy diferente. Dice que cuando llegó a Corinto, no se basó en palabras elocuentes, conocimientos avanzados ni sabiduría humana. En cambio, se centró en un mensaje sencillo: Jesucristo, y Él crucificado. Este no era un mensaje atractivo según los criterios del mundo. Un Mesías crucificado parecía débil y necio para muchos. Sin embargo, Pablo sabía que este mensaje era la verdadera fuente de salvación. Admite que llegó con debilidad, miedo y temblor. Pablo no se avergüenza de esto. Entiende que la fe no crece porque un predicador sea impresionante, sino porque el Espíritu de Dios está obrando en él.

El objetivo de San Pablo era claro: no quería que los corintios basaran su fe en la sabiduría humana. Las ideas humanas cambian, fracasan y a veces engañan. Pero la fe arraigada en el poder de Dios permanece fuerte, incluso en tiempos de dificultad. Al predicar con sencillez y humildad, Pablo permitió que Dios ocupara el lugar central. Este pasaje nos desafía a reconsiderar lo que realmente valoramos en nuestras vidas. En un mundo marcado por las redes sociales y la cultura del éxito, nos dejamos impresionar fácilmente por la popularidad y el carisma. San Pablo nos recuerda que la verdadera fe no se construye sobre personalidades impresionantes, sino sobre el poder silencioso de Dios que obra en los corazones humildes. Dios obra con mayor poder cuando aceptamos nuestra debilidad y dependemos de Él. Cuando depositamos nuestra confianza no en nosotros mismos, sino en Cristo, nuestra fe se vuelve firme y viva, fundamentada no en palabras, sino en el poder vivificante de Dios.

¿Has oído la expresión “no vale para nada”? Proviene del mundo antiguo, donde la sal era preciosa y valiosa. A veces se pagaba a los soldados con sal, y una persona que no cumplía con su deber se consideraba que no valía la pena el salario que recibía. Jesús utiliza esta poderosa imagen en el evangelio de hoy, tomado de Mateo, para explicar el papel de sus discípulos en el mundo.

Jesús les dice a sus oyentes: “Ustedes son la sal de la tierra”. La sal tiene muchos propósitos: da sabor, conserva los alimentos y les añade valor. De la misma manera, los cristianos están llamados a aportar bondad, esperanza y fortaleza moral a la sociedad. Cuando los seguidores de Jesús viven de acuerdo con sus enseñanzas, ayudan a evitar que el mundo se vuelva frío, corrupto o indiferente. Pero Jesús también advierte: la sal puede perder su sabor. Espiritualmente, esto sucede cuando los discípulos pierden su fervor interior, cuando la amargura, la falta de perdón, las concesiones o el egoísmo se apoderan de ellos. Cuando dejamos de vivir lo que creemos, podemos seguir pareciendo religiosos, pero nuestro testimonio pierde su poder. Ya no somos lo que estamos llamados a ser.

Luego, Jesús pasa a otra imagen: la luz. La luz no existe para sí misma; existe para ser vista. Una lámpara no se enciende para ser escondida, sino para iluminar toda la casa. Jesús nos recuerda que la fe no es solo algo privado, sino que debe ser visible en nuestras palabras, decisiones y acciones. Cuando vivimos con honestidad, compasión, perdón y valentía, los demás ven a Dios obrando a través de nosotros. Es importante destacar que Jesús dice que nuestras buenas obras no deben llevar a la gente a alabarnos a nosotros, sino a glorificar a Dios. El objetivo no es la atención, sino el testimonio. Nuestras vidas deben señalar discretamente, más allá de nosotros mismos, al amor y la misericordia de Dios.

Jesús nos recuerda que el discipulado no es opcional ni algo que deba ocultarse. Somos sal y luz por vocación. La cuestión no es si influimos en el mundo, sino cómo lo hacemos. Esta semana, que nuestra fe se manifieste en un acto concreto de misericordia, perdón o valentía, para que otros den gloria a Dios. Seamos, pues, ¡Un Cuerpo, Un Espíritu, Una Familia!

Santísima Virgen María, Santa Catalina Drexel, San Miguel Arcángel, San José Gregorio Hernández, Papa San Pío X, Santa Teresa de Ávila y San Chárbel, rueguen por nosotros.

¡Suyo en Cristo!
P. Omar

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