Desde el Escritorio de nuestro Pastor
Querida Familia:
En el Evangelio de hoy, Jesús narra la parábola de las diez vírgenes. A dos semanas del tiempo de Adviento —un periodo destinado a la preparación y a tomar conciencia de la Segunda Venida—, esta parábola nos sitúa en una actitud de espera. Se trata de estar preparados, tal como lo hicieron las cinco vírgenes prudentes, quienes llevaron suficiente aceite por si surgía algún imprevisto durante la celebración de la boda. Las otras cinco fueron calificadas por el Señor como “descuidadas” por haber abandonado su responsabilidad de asegurarse de que sus lámparas estuvieran encendidas a la llegada del novio. Pero esta parábola encierra algo más.
El propósito fundamental de nuestra vida terrenal es alcanzar la plenitud de la Vida por toda la eternidad. Nuestra existencia en este mundo es una preparación para lograr este fin, y dicha preparación debe llevarse a cabo con vigilancia y atención. Podría ocurrir que algunos de nosotros nos encontremos desprevenidos y terminemos fuera, llamando a la puerta del cielo y suplicando comprensión y perdón. La respuesta del esposo revela un aspecto crucial de la fe: “Yo les aseguro que no las conozco”.
¿Conoces al Señor Jesús? La pregunta, en realidad, plantea si mantienes una amistad con Él. Es posible que sepamos mucho acerca de Jesús sin conocerlo realmente a través de la experiencia. No es lo mismo oír hablar de alguien que conocer a esa persona personalmente. Del mismo modo, no basta con cumplir los mandamientos de Dios; es necesario, además, mantener una comunicación constante y tener encuentros con el Señor. La oración es una excelente forma de encuentro y comunicación.
Muchas de nuestras experiencias cotidianas no requieren conocer a las personas involucradas. No necesitamos conocer a los directivos de una compañía de seguros para recibir sus prestaciones; tampoco hace falta conocer personalmente al presidente de nuestra nación para beneficiarnos de los servicios gubernamentales, ni conocer a los responsables de una disciplina deportiva para poder practicarla. En otras palabras, podemos obtener beneficios y participar en diversas actividades sin necesidad de conocer a los líderes o a los responsables de dichas organizaciones.
Sin embargo, esto no sucede así con nuestra fe. Conocer a Dios —y ser conocidos por Él— es un requisito indispensable. Conocer mejor a Dios puede comenzar, sin duda, mediante la lectura de las Escrituras y su puesta en práctica en nuestra propia vida. De este modo, podremos comprobar la veracidad y la eficacia de sus palabras. La oración nos coloca cara a cara con Dios y nos brinda la oportunidad de hablar con Él y de escucharlo. Sabemos cuán importante es la comunicación en las relaciones humanas; cuánto más lo es en nuestra relación con Dios. Estar en la presencia del Señor en el Santísimo Sacramento del Altar, en adoración perpetua, es la mejor manera de cultivar esa relación con Él.
Su voluntad es fundamental para nuestra salvación. Es lamentable que, por lo general, busquemos la presencia de Dios principalmente cuando estamos en necesidad, en medio de dificultades o en una situación desesperada. Esa no es una relación sana; es una relación basada únicamente en la necesidad. Debemos relacionarnos con Dios en todo momento —en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad—. Su presencia nos brinda seguridad y nos recuerda nuestro llamado a la santidad.
Como sacerdote, he experimentado esto muchas veces. La gente suele llamarme o visitarme cuando necesita de mi ministerio —lo cual, por supuesto, acepto—, pero son pocos los que se acercan simplemente para compartir un tiempo conmigo. A menudo, mi identidad queda reducida a mi función; rara vez recibo una llamada que solo diga: “¿Cómo estás?” Hacemos lo mismo con Dios. Por eso, no nos sorprendamos si, al llamar a las puertas del cielo, se nos pregunta: “¿Quién eres? ¡No te conozco!”.
Somos como las vírgenes prudentes y las necias del Evangelio de hoy. No sabemos cuándo llegará Jesús, el novio. Por ello, Jesús nos dice: “Estén pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora”. Mantenerse despierto significa permanecer en vela en la oración, estar vigilantes, atentos y alertas frente a los engaños del maligno y sus agentes. Necesitamos la sabiduría de Dios para mantenernos despiertos y estar preparados para nuestro propio “fin de los tiempos”.
La parábola de las diez vírgenes también nos enseña la necesidad de anticiparnos y planificar con previsión, de una manera positiva. Este principio de anticipación y planificación positiva no solo concierne a la vida eterna, sino a todos los aspectos de nuestra existencia. Ignorar esta regla es una insensatez que, a la larga, solo trae arrepentimiento. Debemos mantenernos firmes en lo que es correcto y no dejarnos desviar hacia lo que es incorrecto. La petición de las vírgenes necias representa aquellas sugerencias que nos presionan a seguir el camino del pecado; simboliza las pruebas y tentaciones que surgen en nuestro camino, capaces de apartarnos de la senda correcta para llevarnos por una senda equivocada. La parábola nos anima a ser lo suficientemente sabios y valientes como para resistir tales presiones y rechazar esas peticiones. Es una actitud poco saludable buscar complacer a los demás a toda costa (una tendencia propia de quien siente la necesidad emocional de agradar a otros, a menudo a expensas de sus propias necesidades o deseos).
En esta parábola, el Señor nos muestra que todos hemos recibido la ayuda fundamental necesaria para alcanzar nuestro objetivo común como hijos de Dios. Recordemos que las diez jóvenes eran todas vírgenes, lo cual es un signo de la igualdad de oportunidades que Dios —el Juez imparcial— ha otorgado a cada uno de nosotros. Este don fundamental de Dios explica “el deseo de Dios que está inscrito en el corazón humano, ya que el hombre ha sido creado por Dios y para Dios” y Dios nunca deja de atraer al hombre hacia sí. Solo en Dios encontrará la verdad y la felicidad que nunca deja de buscar.
Esta condición fundamental, que Dios nos ha otorgado para conocerlo, amarlo y servirlo —y, de este modo, vivir con Él en la eternidad—, no excluye nuestro indispensable esfuerzo humano, el cual debe vivirse con una actitud de atención y vigilancia. El Señor Jesús es la plenitud del don de Dios para nosotros y de la revelación divina. En Él se contiene todo lo que necesitamos para alcanzar el fin más profundo de todas las criaturas: estar con su Creador por toda la eternidad. ¡Todo aquello que no se encuentra en Él, no se halla en ninguna otra parte! Él es el único Camino hacia nuestro destino y, solo al caminar junto a Él, recibimos la sabiduría que mantiene encendida en nosotros la luz de Dios.
Que nuestra búsqueda cotidiana del rostro de Dios en su Hijo Jesucristo —inspirada por los dones del Espíritu de Sabiduría— nos mantenga constantemente alertas, atentos y preparados para entrar en comunión eterna con Aquel que nos creó para sí mismo, a fin de que seamos ¡Un Cuerpo, Un Espíritu, Una Familia! Bienaventurada Virgen María, Santa Katharine Drexel, San Miguel Arcángel, San José Gregorio Hernández, San Pío X, Santa Teresa de Ávila y San Chárbel: rueguen por nosotros.
¡Tuyo en Cristo!
Padre Omar
