Desde el escritorio de nuestro párroco

Entramos en el Quinto Domingo y la Quinta Semana de Cuaresma, y el pasaje evangélico asignado para este domingo nos pone cara a cara con la muerte: la muerte de un amigo cercano a Jesús. Siempre que los cristianos reflexionan sobre la muerte, se espera que piensen también en la resurrección. Por supuesto, esto puede resultar muy difícil cuando fallece uno —o varios— de nuestros seres queridos, y nuestro dolor no puede disiparse con unas pocas palabras. Sin embargo, incluso en medio del duelo, el cristiano está llamado a creer que el triunfo de Cristo sobre la muerte es un don extendido a toda la humanidad —a todos los que mueren y a todos los que guardan luto—; un llamado a participar en la vida de Dios, una vida que nunca puede morir.
La semilla debe morir para dar vida a una planta. Esta imagen nos recuerda que nuestra existencia terrenal llegará a su fin; no obstante, de esa aparente aniquilación puede surgir la resurrección, tal como lo prometió el Señor y lo demostró con su propia Resurrección de entre los muertos. Este misterio se prefigura de manera especial en la resurrección de Lázaro de la tumba, acontecimiento que los católicos romanos conmemoran cada año el domingo anterior al Domingo de Ramos. Por su parte, los cristianos católicos orientales y los ortodoxos relatan la resurrección de Lázaro el día previo al Domingo de Ramos.
En ambos casos, la historia del regreso de Lázaro a la vida se sitúa en la liturgia cristiana muy cerca de la Semana Santa, momento en el que cada año reflexionamos de modo particular sobre el misterio de la muerte salvadora y la resurrección de Cristo. Del mismo modo que Lázaro —quien permaneció muerto y en la tumba durante varios días— fue resucitado a una vida nueva por Cristo, así también cada uno de nosotros puede experimentar la resurrección en Jesucristo. La resurrección de entre los muertos constituye el fundamento de nuestra esperanza y el motivo de nuestro gozo, incluso ante la inminencia de la muerte.









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