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Del Escritorio de Nuestro Párroco

Querida familia:

Durante las últimas semanas, hemos escuchado una serie de parábolas del Evangelio de San Mateo: la historia del sembrador y las semillas; la parábola del trigo y la cizaña; y los relatos que comparan el Reino de Dios con una perla de gran valor o un tesoro escondido en un campo. Si bien cada parábola ha transmitido un mensaje diferente sobre la salvación, el trasfondo ha sido el mismo: la generosidad extravagante de Dios. Cada parábola ha mostrado, de alguna manera, cuánto desea Dios darnos y con cuánta generosidad comparte su propia esencia y su Reino. Y ahora, tras concluir las parábolas, San Mateo nos conduce a este momento y a una “gran muchedumbre” de seguidores cuyas vidas no cambian por una historia, sino por un acontecimiento: un encuentro real con Cristo que hace posible lo imposible.

Hace un tiempo leí una frase que definía la esencia de la evangelización: se trata simplemente de una persona realmente hambrienta diciéndole a otra persona hambrienta: “He encontrado El Alimento”. Sin duda, esto fue así para las más de cinco mil personas reunidas en aquella ladera de Galilea, según la lectura del Evangelio de hoy. El alimento no cayó del cielo como el maná; llegó a ellos de manera muy clara y concreta, y por una sola razón: gracias a Jesucristo. A partir de ese momento, aquellos miles de personas podrían decir a cualquier hambriento que encontraran, con asombro y alegría: “He encontrado El Alimento”. Y podrían señalar el camino hacia Cristo.

Pero este episodio dramático trata de algo más que de comer, y de algo más que de un milagro espectacular. Se trata del poder transformador de Jesucristo; se trata de la generosidad de Dios —esa misma generosidad que encontramos en las parábolas— hecha realidad.

Me gustaría que consideráramos tres ideas claves. En primer lugar, nuestro Dios es un Dios que sana. “Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.” En Su compasión, Su misericordia y Su amor, Cristo tiende la mano para vendar nuestras heridas y sanar nuestros dolores. Él cura a los enfermos. Nos devuelve la integridad. Nos sana. Nos restaura para que seamos aquello para lo que fuimos creados.

En segundo lugar, nuestro Dios es un Dios que sacia nuestra hambre. Y no me refiero, por supuesto, simplemente a comer un sándwich de jamón y queso. ¿Qué es lo que todos anhelamos? Muchos de nosotros ansiamos algo que realmente no podemos nombrar: dignidad, paz interior, amor. Cosas que a menudo resultan esquivas. Sin embargo, Cristo se ocupa de que seamos alimentados. Él nos da lo que necesitamos. De hecho, nos da más de lo que necesitamos, y lo hace a partir de cosas que tal vez nunca hubiéramos imaginado. De las sobras y de lo que queda, Él crea un banquete. De la nada, Él nos lo da todo.

En tercer lugar, nuestro Dios es alguien que se preocupa por cada individuo, incluso por cada fragmento. Nada ni nadie se desperdicia. ¿Cuántas veces nos hemos sentido descuidados, abandonados o desechados? ¿Cuántas veces nos hemos sentido como poco más que unas migajas? Pero este milagro nos recuerda que Dios se acuerda de los olvidados. Cristo recoge a los que han sido apartados, a aquellas personas que quedan al margen y pasan desapercibidas. Todas las personas importan; nadie es desechable. La lectura del Evangelio de hoy nos asegura que, aunque muchos nos descarten, Dios no lo hace.

Con esa esperanza, y fortalecidos por el milagro perdurable de la generosidad desbordante de Dios, nos sentimos saciados y sanados. Hoy podemos salir de este lugar transformados por nuestro encuentro con Cristo en la Eucaristía. Necesitamos compartir eso: el milagro de la gracia de Dios en nuestras vidas. Al igual que aquellos panes y peces, es algo que inevitablemente se multiplica. Debemos difundir esa buena nueva que, en realidad, es una noticia maravillosa. Hemos llegado a conocer al Dios que sana, al Dios que se preocupa por los más pequeños y débiles, y al Dios que se nos ofrece a sí mismo como el Pan de Vida.

A todos los que tienen hambre, les proclamo este mensaje sencillo: “He encontrado El Alimento”.

Querida familia: dado que el padre Michele y yo estaremos en el campamento de verano para high schoolers en Lake Placid, Florida, no nos verán esta semana en las misas diarias. Pero no se preocupen, todas las misas se celebrarán. Sin embargo, debido a nuestra ausencia, se cancelan las confesiones habituales del miércoles y la Hora Santa del jueves de esta semana. Les pedimos que oren por todos los jóvenes que nos acompañan; Que el Señor toque sus corazones y encienda en ellos el fuego del amor de Dios. Por favor, oren por los líderes de jóvenes adultos que guiarán a nuestros adolescentes durante el campamento; que el Señor les conceda la sabiduría para evangelizar y el entendimiento para acompañar a los participantes en este camino hacia Cristo. Oren también por nuestros chaperones: hombres y mujeres que estarán con nosotros sirviendo, protegiendo y preservando la paz y la belleza del campamento; que el Señor les otorgue la compasión y el amor necesarios para tratar a todos los adolescentes con misericordia. Y, por último, oren por el padre Michele y por mí; que el Señor nos dé la fortaleza para servir a todos con sabiduría y amor, tal como Jesús lo hizo hoy con tantas personas en el Evangelio.

Los invito a todos a encontrarnos siempre en la Eucaristía. Él siempre hará de nosotros ¡Un Cuerpo, Un Espíritu, Una Familia!

Santísima Virgen María, Santa Katharine Drexel, San Miguel Arcángel, San José Gregorio Hernández, Papa San Pío X, Santa Teresa de Ávila y San Charbel, rueguen por nosotros.

¡Suyo en Cristo!
P. Omar