Documento sem título
Phone: (954) 389-5003
Fax: (954) 389-1228
SKD ParishMart

Del Escritorio de Nuestro Párroco

Querida Familia:

No hay momento en el que nos realicemos mejor que cuando anteponemos el interés de los demás al nuestro. Al vivir para los demás, nos asemejamos más a Cristo, nuestro Señor y Salvador, en cuyos Misterios Pascuales somos salvados.

El deseo de anteponer siempre nuestros propios intereses a todo lo demás es algo que surge con frecuencia en nuestra mente. A menudo pensamos que, al centrarnos únicamente en lo que queremos, alcanzaremos sin duda nuestra meta, incluso si ello implica dejar de lado el interés y el bienestar de quienes nos rodean. Ninguna actitud o disposición destruye y desintegra tanto nuestras comunidades y nuestro mundo como esta mentalidad y este impulso interior; y ningún engaño nos hace perder todo lo que amamos tanto como esta mentira.

Para ayudarnos a reconducir nuestra atención por el camino correcto, el Apóstol de los Gentiles, San Pablo, escribió ese hermoso resumen de la vida de nuestro Señor Jesucristo que escuchamos en la segunda lectura de hoy, conocido popularmente como la “kenosis” o el “vaciamiento de sí mismo” de Cristo. El estilo de vida kenótico es aquel que se arraiga en el vivir para los demás; en vivir para el enaltecimiento del prójimo y en la convicción de que la verdadera medida de nuestra propia realización y plenitud reside en nuestra capacidad de ser un faro para la realización y plenitud de los demás. ¿Qué mejor demostración podría haber que la vida de Cristo, el Emmanuel, el Dios con nosotros? Al vaciarse de sí mismo por nosotros, Jesucristo cumplió su verdadera identidad y misión.

San Pablo nos enseña el secreto de una vida plena y exitosa, arraigada en la vida y la persona de Cristo: “Tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús”. El movimiento kenótico obedece a la ley de la aritmética espiritual: nos vaciamos de todo para llenarnos de la parte que nos corresponde de la gloria de Dios. La manifestación de esta gloria de Dios en nuestro interior es lo que nos distingue. Ciertamente, el deseo de realización y plenitud es el deseo de destacar, algo que solo puede lograrse mediante la manifestación de la gloria de Dios en nosotros.

La gloria de Dios no puede manifestarse en una persona que está llena de sí misma. La raíz del pecado es siempre el “yo”: cuando pensamos que algo nos hará sentir mejor, aunque ello implique explotar a otra persona de la manera que consideremos necesaria. El “yo” sigue siendo el mayor obstáculo para el movimiento kenótico. El éxito en la lucha contra el pecado comienza precisamente en el acto de la renuncia a uno mismo.

Aquí radica también la clave del éxito en el estilo de vida kenótico. Quien no esté dispuesto a renunciar a sí mismo no podrá dominar la agitación de la tentación y, ciertamente, no podrá vivir la kenosis. Y renunciar a uno mismo está profundamente ligado a la capacidad de vaciar el ego de su soberbia y de su deseo de ponerse siempre en primer lugar.

La capacidad de actuar con espíritu kenótico no solo nos fortalece para renunciar al pecado, vencerlo y vivir tal como aprendimos en la Primera Lectura; lo más importante es que nos ilumina para ver la voluntad de Dios como el camino definitivo hacia nuestra felicidad duradera, tal como comprendió finalmente el primer hijo en el Evangelio de hoy.

Jesús comenzó su relato preguntando a los sacerdotes y ancianos del pueblo: “¿Qué opinan de esto?” Cuenta la historia de un hombre que tenía dos hijos. El hombre le dijo al primero: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. El hijo respondió: “Ya voy, señor”, pero no fue. El hombre se dirigió al otro hijo y le dio la misma orden. Este respondió: “No quiero ir”, pero se arrepintió y fue. Al final, Jesús preguntó: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?” Un aspecto común entre los hijos es que ambos cambiaron de parecer en distintas etapas y, por tanto, ambos actuaron mal, ya que ninguno dio una respuesta perfecta al padre. Uno cambió para bien y el otro para mal. Sin embargo, lo que hizo que uno fuera mejor que el otro es que el segundo hijo finalmente cumplió la voluntad de su padre. También resulta interesante en esta parábola cómo el padre dio instrucciones a sus hijos sin coaccionarlos ni obligarlos a hacer lo que él decía; les otorgó libertad de elección.

Jesús relató esta parábola para describir dos reacciones principales ante la buena nueva que Él proclamaba. El segundo hijo —el que actuó mal inicialmente— representa a las prostitutas, a los recaudadores de impuestos y a los pecadores públicos; personas que al principio rechazaron a Dios con sus acciones, pero que finalmente reconocieron su condición de pecadores y vivieron una experiencia de conversión. Entre ellos se encuentran María Magdalena, Dimas, Zaqueo, Mateo y la mujer samaritana. Estos pecadores transformaron su vida —que partía de una situación peor— y establecieron una relación mejor, más rica y más profunda con el Salvador. El primer hijo representa a los fariseos, quienes decían “sí” a Dios solo de palabra, pero no con sus acciones.

El cambio se produce cuando empezamos a vernos a nosotros mismos de otra manera, cuando nuestra cosmovisión comienza a transformarse; cuando cambian nuestros patrones de pensamiento y empezamos a modificar nuestras opiniones; cuando comenzamos a ver a los demás bajo una luz distinta y cuando aquello que importaba menos empieza a cobrar mayor importancia o cuando las cosas que más importan empiezan a importar menos. La conversión es un cambio positivo: consiste en apartarse del mal y de la maldad para volverse hacia Dios. A mi parecer, el cambio de mentalidad se mide por el cambio de corazón. El cambio de mentalidad implica una transformación decisiva, una modificación de nuestros patrones de pensamiento; es lo que San Pablo denomina la “renovación de la mente” (Romanos 12, 2). El cambio de corazón conlleva una transformación de los afectos, una reorientación del amor, de la conducta y de la actitud.

Este cambio del que hablo comienza cuando comprendemos la necesidad de establecer una relación estrecha con Dios. Si no cultivamos una relación con Él, nos resultará muy difícil seguir su voluntad. Al contemplar la vida de los grandes santos de nuestra Iglesia —en particular, la de la Santísima Virgen María y la de San José—, obtenemos una imagen clara de lo que debemos hacer para cultivar nuestra amistad con Dios. Por ello, debemos asumir el compromiso de encontrarnos con Él cada semana.

Nuestra parroquia ha sido bendecida con la Capilla del Santísimo Sacramento “San Miguel Arcángel”; allí acudimos para tener ese encuentro con Dios, fortalecer nuestra relación con Él y, de este modo, adquirir la sabiduría y la valentía necesarias para seguirle conforme a su voluntad. Esta semana les invito a comprometerse con Él a participar en una Hora Santa semanal. Este fin de semana estamos llevando a cabo una campaña de inscripción para la Hora Santa. Digan “sí” al Señor. Cuanto más le conozcamos, más nos bendecirá. Él quiere que seamos ¡Un Cuerpo, Un Espíritu, Una Familia!

Bienaventurada Virgen María, Santa Katharine Drexel, San Miguel Arcángel, San José Gregorio Hernández, San Pío X, Santa Teresa de Ávila y San Chárbel: rueguen por nosotros.

¡Suyo en Cristo!
P. Omar