Del Escritorio de Nuestro Párroco
Querida familia:
La primera mitad de la lectura del Evangelio de hoy es, probablemente, la lectura evangélica más elegida en los funerales. Yo mismo la utilizo siempre; tiene mucho sentido. Jesús nos dice: “No pierdan la paz”. La muerte de un ser querido es un momento difícil para nosotros. Para consolarnos, Jesús nos dice que Él va a prepararnos un lugar en la Casa de su Padre. ¿Acaso no es esto exactamente lo que queremos oír, lo que necesitamos oír cuando muere un ser querido? Jesús tiene un lugar preparado para ellos en el Cielo.
Creo que a la mayoría de la gente le parecería bien si la lectura en los funerales terminara ahí; pero no es así. Si terminara ahí, el Cielo parecería garantizado para todos, pero el Cielo no está garantizado para todos. Sí, Jesús murió para que nuestros pecados pudieran ser perdonados. Dios desea que cada persona, sin excepción, esté en el Cielo; pero nosotros tenemos una elección que hacer.
Jesús dice: “Nadie va al Padre sino es por mí”. Ciertamente, para llegar al Padre, necesitamos el perdón que Jesús trae consigo. También necesitamos seguir a Jesús como “el camino, la verdad y la vida”. Jesús no dice que Él sea uno de los caminos, ni que sea parte de la verdad. Él dice que es el camino, la verdad y la vida. Recordemos lo que Jesús dijo la semana pasada: “Yo soy la puerta’.
Si queremos entrar en el Cielo, Jesús es el camino. Él es la puerta por la cual debemos pasar. No podemos hacer las cosas a nuestra propia manera y luego pretender entrar en el Cielo como si nada. Por supuesto, Jesús está siempre dispuesto a perdonarnos, pero nosotros debemos estar arrepentidos. Eso significa que debemos desear seguir a Jesús como el camino, la verdad y la vida.
Nos identificamos como discípulos cristianos, pero ¿qué significa eso? Un discípulo es un estudiante que aprende de un maestro. Jesús es el maestro de la verdad de Dios. ¿Hacemos nuestra su Verdad? Jesús nos dice: “Quien me ve a mí, ve al Padre”. Jesús es el camino hacia la vida eterna junto al Padre. Él y el Padre son uno solo. ¿Nos permitimos ser “edificados como casa espiritual, para ser un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales?” ¿O acaso pensamos que somos nuestros propios creadores, que podemos determinar nuestro propio camino? Podemos determinar nuestro propio camino, pero nuestra elección conlleva consecuencias. Si elegimos a Jesús como nuestro camino, haciéndolo la piedra angular sobre la cual edificamos nuestras vidas, nuestro lugar en el Cielo nos aguarda. Si elegimos lo contrario, Satanás tiene un lugar reservado para nosotros.
Cuando abandonamos el camino, dejamos de centrarnos en la verdad y prestamos menos atención a la Palabra de Dios —que es vida en sí misma—, el resultado es catastrófico, tal como vemos en la primera lectura de hoy. Surgió una crisis en la comunidad de creyentes. Los judíos helenistas (judíos de habla griega o judíos de la Diáspora) se quejaron amargamente de que sus viudas eran desfavorecidas en la distribución de alimentos. Cabe destacar aquí que la disputa no giraba en torno a la Palabra de Dios, sino en torno a la comida. Así, su atención se desvió de la misión primordial.
Cuando prestamos menos atención a la Palabra de Dios —que es el Camino—, muchas cosas se infiltran en nuestras vidas para destruir nuestra fe. Precisamente esta crisis abrió los ojos de los apóstoles, permitiéndoles ver cómo se estaban alejando del “Camino”. Recordemos que los primeros cristianos eran conocidos como “el Camino”. Esto dio origen a la institución de los siete diáconos, cuya función consistía en asegurar la equidad en la distribución de alimentos, a fin de permitir que los apóstoles se centraran en la Palabra de Dios y en la atención a las necesidades espirituales del pueblo.
Es importante reflexionar sobre estos tres puntos que el Evangelio nos presenta hoy: el Camino, la Verdad y la Vida:
El Camino: ¿Por qué camino transitamos? El mundo está lleno de senderos que no conducen a nada bueno. Estos caminos son amplios y seductores, pero mortíferos. Jesús nos advierte: “Entren por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina, y son muchos los que pasan por él. Pero ¡qué angosta es la puerta y qué escabroso el camino que conduce a la salvación! y qué pocos son los que lo encuentran” (Mateo 7:13-14). En este domingo aprendemos que, cuando abandonamos el camino de Jesús para seguir otros senderos, lo único que hallaremos será crisis. El camino del materialismo conduce al egoísmo y a la codicia. El camino de la discriminación conduce al prejuicio, a la injusticia y a la guerra.
La Verdad: ¿Estás del lado de la verdad? ¿Reflejan tus acciones la verdad? ¿Compartes la misma misión que Jesús?, quien dice: “Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Juan 18:37)? Jesús vino para librarnos de la ignorancia y de las ilusiones. Las cosas no son como parecen. La apariencia no es lo mismo que la realidad; puede ser muy engañosa. Muchas de las ideas, enseñanzas y estilos de vida del mundo actual resultan atractivos, pero son mortales. Sin embargo, la verdad es una y eterna. Ella no cambia, pero transforma a quienes la aceptan.
La Vida: ¿Vivimos realmente o simplemente existimos? ¿Refleja nuestra existencia la belleza de una vida con sentido? Jesús es la vida; el pan vivo (Juan 6:51); el agua viva (Juan 4:14). Si vivimos como Él, tendremos vida en nosotros —en abundancia—, tanto aquí como en el más allá.
No obstante, todos podemos afirmar que no es un camino fácil, que la verdad no siempre resulta evidente y que, por consiguiente, la vida se torna complicada. Incluso a los apóstoles les costó comprender a Jesús. En la segunda parte de la lectura del Evangelio de hoy, Felipe le preguntó al Señor: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le respondió: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ve a mí, ve al Padre.” Me imagino a Jesús mirando fijamente y con los ojos muy abiertos a sus discípulos, pensando que estaban completamente despistados. Quizás Jesús pensó: “¿Acaso no saben que yo soy el Hijo del Padre Celestial? ¿Todavía no comprenden que conocerme a mí es conocer al Padre Celestial?.
Y si aquellos primeros discípulos tuvieron dificultades para ver al Padre Celestial en la persona de su Hijo, Jesús, no es de extrañar que nuestro mundo contemporáneo esté casi ciego ante la presencia del Padre y de su Hijo. ¿Por qué?, nos preguntamos. Porque, a mi parecer, muchos de nosotros —cristianos del siglo XXI— no escuchamos las palabras que Dios nos susurra al amanecer de cada nuevo día: “Necesito tu corazón, tu mente, tu boca y tu fuerza en este día para amar a mi mundo. ¿Me los entregarás?”. Y al escuchar esta invitación, podríamos responder: “Sí, Señor; úsame para el bien en este día. Que aquellos cuyas vidas yo toque puedan conocerte a través de mí”.
En nuestros días, Jesús sigue implorando ser reconocido mientras camina entre nosotros en medio de toda clase de depravación y necesidad humana. Y, con demasiada frecuencia, nos encontramos tan ciegos como lo estuvieron Felipe y los demás discípulos: ciegos ante el Dios que camina entre nosotros, ciegos ante la posibilidad de marcar la diferencia en un mundo tan lleno de sufrimiento. Dios nos susurró a cada uno de nosotros esta mañana, al despuntar el alba: “Necesito tu corazón, tu mente, tu boca y tu fuerza en este día para amar a mi mundo. ¿Me los entregarás? ¿Lo harás?”.
Debemos recordar que Dios nos llama siempre a ser ¡Un Cuerpo, Un Espíritu, Una Familia! Santísima Virgen María, Santa Katharine Drexel, San Miguel Arcángel, San José Gregorio Hernández, Papa San Pío X, Santa Teresa de Ávila y San Chárbel, rueguen por nosotros.
¡Suyo en Cristo!
P. Omar